
La posesión de Clarita en Monterrey
El padre de Clarita juraba que su hija siempre fue callada. Buenas calificaciones, coro en la parroquia, tardes de tarea con la ventana abierta. Todo cambió una noche de julio, cuando escucharon tres golpes en la pared y la radio se encendió sola, sin estar conectada.
A partir de entonces, Clarita empezó a despertar con moretones en los brazos y un cansancio que no se explicaba. Decía escuchar una voz detrás de su oreja izquierda que le hablaba en palabras que no comprendía: “Non te videant”. Su madre pensó que era estrés. El médico dijo “ansiedad”. Pero en la segunda semana, durante la cena, Clarita respondió a la vez que el noticiero, como si supiera el guion, y cambió de voz: grave, arrastrada, no humana.
Las noches siguientes se registraron golpes a las 3:13 a. m. El cuarto olía a metal. Los focos zumbaban como abejas. Cuando su madre acercó un pequeño crucifijo, Clarita retrocedió con la piel marcada como si la hubieran quemado. Al amanecer, en el espejo del clóset, aparecieron letras mal trazadas: “CLARITAM NON DIMITTO”.
Un sacerdote joven aceptó visitarla. Llevó agua bendita, una libreta y una prudencia que abandonó al primer minuto: Clarita le recitó su nombre completo, el de su padre, y la calle de su infancia. Luego, habló en latín con errores antiguos, como si el idioma le hubiera llegado a través de un eco.
Se decidió por el rito de liberación. Nada solemne ni teatral: rezos cortos, salmos, silencio. En el tercer día, los golpes pasaron del muro al techo. En el cuarto, Clarita repitió un salmo al revés, como si lo leyera detrás de sus ojos. El sacerdote pidió detenerse. “No provoquen”, dijo. “Lo que sea que hay aquí quiere espectáculo”.
La última sesión fue en una madrugada de tormenta. Cuando se pronunció el nombre que la voz había evitado —“¿Quién eres?”— la lámpara estalló y el aire quedó pesado. Clarita comenzó a reír y llorar a la vez, como si fueran dos bocas distintas. Luego, calló en seco y, sin abrir los labios, se escuchó un susurro por toda la casa:
“No te vas a quedar sola.”
A la mañana siguiente, Clarita durmió sin sueños por primera vez en semanas. Comió, habló con su madre y pidió abrir la ventana. El sacerdote se marchó sin promesas; dijo que a veces la paz llega, pero no siempre se queda.
Desde entonces, los vecinos del sector norte de Monterrey cuentan que, en noches de lluvia, se oye una segunda risa en la casa, lejana y baja, cuando Clarita se ríe. Y la radio, aunque nueva, sigue encendiéndose sola a las 3:13, buscando una estación que nadie reconoce.
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