Si llegaste hasta aquí… tal vez no viniste solo, aunque nunca lo notaste
Otros 13 de Abril de 2026

Si llegaste hasta aquí… tal vez no viniste solo, aunque nunca lo notaste

Hay momentos en los que el silencio deja de sentirse vacío

Hay una sensación que muchos conocemos… pero casi nadie quiere explicar en voz alta.
Esa pequeña incomodidad que aparece sin motivo claro, justo cuando todo debería estar en calma. No es miedo directo. No es algo que puedas señalar. Es más bien la certeza silenciosa de que algo no encaja.

Y lo extraño no es sentirlo.

Lo inquietante es darte cuenta de cuándo empezó.

Porque si te detienes a pensarlo… no siempre estuvo ahí.

La primera vez que lo notas, ya es tarde

No recuerdo exactamente cuándo comenzó.
Y eso es lo primero que me inquieta. Porque debería haber un momento claro, un punto de inicio. Algo que puedas identificar y decir: “aquí cambió todo”.

Pero no lo hay.

Es más bien una acumulación.
Pequeños momentos que, por separado, no significan nada. Una puerta que crees haber dejado cerrada. Un sonido leve en una habitación vacía. Una sensación de que alguien pasó detrás de ti… cuando sabes que no es posible.

Nada suficiente por sí solo.

Pero juntos… empiezan a formar algo.

No es inmediato.
No es constante. Pero aparece lo suficiente como para que tu mente deje de ignorarlo por completo.

Y cuando eso pasa, ya no puedes volver atrás.

El silencio deja de ser neutral

Hay algo en el silencio que cambia cuando empiezas a prestar atención.
Antes era solo eso: ausencia de ruido. Un espacio donde descansar, donde pensar sin interrupciones.

Pero después… se vuelve otra cosa.

Se vuelve expectante.

Como si no estuviera vacío, sino lleno de algo que no termina de manifestarse. Y lo más inquietante es que no puedes demostrarlo. No puedes señalarlo. Solo… lo sientes.

Empiezas a escuchar más.

No sonidos claros.
Sino variaciones. Cambios mínimos en el ambiente. Como si algo se ajustara apenas, justo fuera de tu percepción directa.

Y entonces haces lo que todos hacemos.

Intentas explicarlo.

El viento.
La casa. El cansancio. La mente que juega contigo. Todo tiene sentido… hasta que deja de tenerlo.

Porque llega un punto donde las explicaciones ya no alcanzan.

Lo que cambia no es el entorno… eres tú

Con el tiempo, empiezas a notar algo más sutil.
No es que las cosas a tu alrededor cambien. Es la forma en que las percibes.

Espacios que antes eran normales ahora te resultan incómodos.
No por lo que ves, sino por lo que anticipas. Esa sensación de que algo podría estar ahí… aunque no lo esté.

O aunque no lo veas.

Empiezas a evitar ciertos momentos.

No lugares específicos.
Momentos. El silencio profundo de la madrugada. La pausa entre un sonido y otro. Ese instante en el que todo se detiene… y tu mente intenta completar lo que falta.

Y ahí es donde surge la duda.

No sobre lo que hay.

Sobre lo que podrías haber dejado entrar sin darte cuenta.

El momento en que todo se conecta

No es un evento claro.
No hay una escena definitiva, ni un punto de quiebre evidente. Es más bien un momento de reconocimiento.

Cuando te das cuenta de que esa sensación no es nueva.

Que ha estado contigo más tiempo del que recuerdas.

Y que quizá… no empezó donde crees.

Empiezas a revisar mentalmente.

Situaciones pasadas.
Momentos que en su momento parecieron normales, pero que ahora adquieren otro significado. Como si algo hubiera estado presente… desde antes.

No de forma constante.

Pero sí lo suficiente.

Y entonces aparece una idea que no puedes ignorar.

Que tal vez no llegaste aquí solo.

No hoy.

No ayer.

Sino desde hace tiempo.

Lo que no se va… solo se vuelve parte de ti

No hay una solución clara para algo que no puedes definir.
No puedes enfrentarlo, porque no sabes qué es. No puedes evitarlo, porque no sabes cuándo aparece.

Así que haces lo único posible.

Te adaptas.

Aprendes a convivir con esa sensación.
A ignorarla en lo posible. A no darle más espacio del necesario. Porque sabes que, si lo haces, crecerá.

Y aun así, hay momentos…

En los que vuelve con más fuerza.

No como algo externo.

Sino como una certeza interna.

De esas que no necesitan pruebas.

Solo presencia.

Y lo más inquietante de todo no es que esté ahí.

Es que ya no estás seguro de si alguna vez dejó de estarlo.

¿Por qué esto da miedo?

Da miedo porque no hay un origen claro.
No sabes cuándo empezó, ni por qué. Y eso elimina cualquier posibilidad de control. No puedes enfrentar algo que no tiene un punto de inicio.

También inquieta porque no es externo.
No se trata de ver algo o escuchar algo evidente. Es una sensación interna, personal, que no puedes compartir completamente con otros.

No ocurre de golpe. Se instala poco a poco, hasta que se vuelve parte de tu forma de percibir el mundo. Y cuando algo así se vuelve cotidiano… deja de parecer ajeno.

También te puede interesar


avhgaray
Autor
AVHGARAY

Creador de NoDuermasMX, narrador y entusiasta de leyendas mexicanas de terror.

© NoDuermas