
La muñeca que susurraba de noche
La casa siempre había sido silenciosa, hasta que llegó la muñeca.
Lucía la compró en un mercado de antigüedades, atraída por su vestido de encaje y sus ojos de vidrio azul. La colocó sobre una repisa en la sala, justo frente al sofá.
Las primeras noches no pasó nada. Pero al cuarto día, mientras veía televisión, escuchó una voz pequeña, como un murmullo.
—No me gusta la oscuridad…
Lucía se giró, el corazón latiendo rápido. La voz venía de la repisa.
La muñeca tenía la cabeza inclinada, mirándola.
Pensó que era su imaginación, hasta que la voz volvió, más clara:
—¿Por qué me dejas sola?
Lucía apagó la tele, subió corriendo las escaleras y cerró la puerta de su habitación. No durmió.
Al amanecer, bajó decidida a tirarla, pero la repisa estaba vacía.
El teléfono sonó. Era su vecina:
—Lucía, ¿trajiste algo raro a tu casa? Toda la noche oí a una niña riendo en tu ventana.
Lucía colgó, temblando. Caminó hacia la cocina. En la mesa había una taza de leche caliente… y la muñeca sentada frente a ella, con el vestido impecable y una sonrisa distinta.
El reloj marcó las tres de la mañana, aunque afuera ya era de día.
Lucía comprendió que en esa casa, el tiempo había dejado de ser suyo.
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