Eran las 3:15 de la madrugada, la hora en la que, según las leyendas, los muertos hablan.
El teléfono de la sala comenzó a sonar. Nadie lo había usado en años; el cable estaba cortado.
Con manos temblorosas, levantó el auricular.
Del otro lado, una voz idéntica a la suya susurró:
—No te asomes a la ventana… ya llegué.
Cuando volteó, el cristal reflejaba a alguien detrás de él.
Nota editorial
Este texto es una pieza de ficción original de NoDuermas. Los personajes, situaciones y sucesos son recursos narrativos y no se presentan como hechos documentados.








