Los baños del metro estaban casi vacíos.
Miguel se lavaba las manos cuando notó que su reflejo no hacía lo mismo.
El agua corría, fría, pero en el espejo su imagen seguía quieta, mirándolo fijamente.
Se congeló. Parpadeó.
Su reflejo sonrió.
Sigue explorando: Microcuentos
Miguel dio un paso atrás, pero el reflejo no lo imitó; avanzó hacia adelante, rompiendo el vidrio con una mano ensangrentada.
Los fragmentos del espejo cayeron al suelo, y entre los trozos, la figura salió arrastrándose, empapada de sombra.
El vigilante lo encontró minutos después.
El baño seguía vacío… pero en el espejo nuevo, recién instalado, se alcanzaba a distinguir una segunda silueta detrás de cualquiera que entraba.