No era la primera vez que subíamos a ese último piso.
El edificio en México llevaba meses con ese departamento vacío. Nadie duraba más de una semana ahí. Siempre era lo mismo: contratos cancelados, mudanzas apresuradas, excusas vagas.
Esa noche decidimos entrar.
Éramos tres.
Subimos después de medianoche, sin avisar a nadie. El vigilante solo nos miró raro, como si ya supiera lo que íbamos a hacer.
El departamento estaba abierto.
Eso fue lo primero que nos incomodó.
No había señales de forzamiento, ni polvo acumulado en la entrada. Solo la puerta entreabierta, como si alguien hubiera salido hace poco.
Entramos.
El lugar estaba completamente vacío. Sin muebles, sin cortinas. Solo paredes blancas y un pasillo largo que terminaba en una recámara.
El eco de nuestros pasos era lo único que rompía el silencio.
Nos reímos un poco. Era nerviosismo, pero nadie lo dijo.
Avanzamos.
Revisamos la sala, la cocina, el baño. Todo limpio, demasiado limpio para haber estado abandonado.
Fue cuando estábamos por salir que lo escuchamos.
Un paso.
Claro.
Seco.
Viniendo desde el pasillo.
Nos quedamos quietos.
Pensamos que alguno se había movido, pero estábamos los tres juntos, cerca de la puerta.
Entonces se escuchó otro.
Más cerca.
No eran golpes al azar. Eran huellas. Ritmo humano. Lento, constante.
Como si alguien caminara sobre el piso, descalzo o con algo muy ligero.
Nadie dijo nada.
Solo volteamos hacia el pasillo.
Oscuro.
Vacío.
Y aun así… los pasos seguían.
Uno.
Luego otro.
Y otro más.
Acercándose.
Sentí cómo se me tensó el cuerpo. No era miedo todavía, era algo más extraño. Como si mi cabeza intentara encontrar una explicación mientras mi cuerpo ya sabía que algo no estaba bien.
Uno de nosotros susurró: “¿lo oyes?”
Nadie respondió.
Porque sí lo oíamos.
Perfectamente.
Los pasos se detuvieron a mitad del pasillo.
Silencio.
Un silencio más pesado que antes.
Y entonces…
Un último paso.
Justo al final, donde el pasillo se abría hacia la recámara.
No vimos nada moverse.
Pero ahí estaba.
Una figura.
No completamente definida. No como una sombra clara. Era más bien una sensación de alguien ocupando ese espacio.
Como si la luz no pudiera atravesarlo bien.
Nadie se acercó.
Nadie dijo “vamos a ver”.
Nos quedamos quietos, unos segundos que se sintieron largos.
Y luego salimos.
Sin correr.
Sin hacer ruido.
Cerramos la puerta como la encontramos.
Bajamos sin hablar.
Esa fue la última vez que subimos.
Semanas después, el departamento volvió a anunciarse en renta.
Alguien más se mudó.
Y duró exactamente cinco días.
El vigilante, el mismo que nos vio esa noche, solo dijo algo cuando le preguntaron por qué se iban tan rápido:
“Porque en ese pasillo… siempre hay alguien que llega después de medianoche.”





