La fábrica estaba al borde del pueblo.
Era un edificio enorme de ladrillo viejo que llevaba décadas abandonado.
Durante el día parecía solo una construcción olvidada.
Pero de noche era diferente.
Las ventanas rotas y las paredes oscuras hacían que el lugar se viera más grande de lo que realmente era.
La gente del pueblo siempre decía lo mismo.
Que no era buena idea entrar ahí cuando oscurecía.
Nunca daban una razón clara.
Solo lo repetían.
Una noche decidimos ir.
Éramos tres.
No buscábamos nada especial.
Solo queríamos recorrer el lugar por dentro.
Entramos por un hueco en la reja lateral.
El patio estaba lleno de hierba alta y pedazos de metal oxidado.
El edificio principal tenía dos pisos.
Varias ventanas estaban rotas.
Otras seguían intactas, cubiertas de polvo.
Entramos por una puerta que ya no tenía cerradura.
El interior estaba oscuro.
El aire olía a humedad y aceite viejo.
Encendimos las linternas del teléfono.
El primer piso era un espacio grande lleno de maquinaria oxidada.
Cintas transportadoras detenidas.
Mesas de trabajo vacías.
Nada parecía haber sido movido en años.
El silencio era total.
Avanzamos hacia una escalera que llevaba al segundo piso.
Subimos despacio.
Arriba había pasillos estrechos con oficinas pequeñas.
Algunas puertas estaban caídas.
Otras seguían colgadas de las bisagras.
Mientras revisábamos un cuarto escuchamos el golpe.
Fuerte.
Seco.
Un vidrio vibrando.
Salimos al pasillo.
El sonido había venido de una de las ventanas del fondo.
La vimos moverse.
Una hoja de la ventana se cerró de golpe.
El sonido resonó en todo el pasillo.
Nos quedamos quietos.
Pensé que era el viento.
Pero el aire dentro del edificio estaba completamente quieto.
Nos acercamos lentamente.
La ventana estaba cerrada.
El vidrio estaba sucio y opaco.
Pero a través de él se veía el patio oscuro.
Entonces uno de mis amigos apuntó la linterna hacia el vidrio.
Fue cuando vimos algo moverse.
Una sombra.
Del otro lado.
No era clara.
Solo una forma oscura deslizándose detrás del vidrio.
Como si alguien caminara justo afuera.
Pero eso era imposible.
La ventana estaba en el segundo piso.
No había ninguna plataforma.
Ni escalera.
Ni estructura que permitiera a alguien estar ahí.
La sombra se detuvo un segundo.
Parecía quedarse justo frente a la ventana.
Luego se movió otra vez.
Desapareciendo hacia un lado.
Abrimos la ventana.
Miramos hacia afuera.
El patio estaba vacío.
La hierba alta apenas se movía.
Nadie corría.
Nadie caminaba.
Nada.
Volvimos a cerrar la ventana.
Pensamos que tal vez había sido el reflejo de nuestras linternas.
Entonces el golpe volvió.
Pero esta vez no fue en esa ventana.
Fue en otra.
Más cerca.
Una ventana del pasillo detrás de nosotros se cerró de golpe.
Giramos al mismo tiempo.
El sonido fue más fuerte.
Y cuando iluminamos el vidrio…
Por un segundo vimos la misma sombra.
Pero esta vez estaba del lado de adentro.
En el pasillo.





