El teatro llevaba cerrado muchos años.
Estaba en una calle antigua del centro histórico.
De día pasaban turistas y vendedores, pero de noche la zona quedaba casi vacía.
Las luces de los faroles apenas iluminaban la fachada.
Las ventanas del segundo nivel siempre estaban oscuras.
Pero había algo que llamaba la atención.
Una de ellas a veces parecía tener movimiento detrás.
Nunca era claro.
Solo una sensación.
Un amigo y yo decidimos entrar una madrugada.
No éramos exploradores urbanos ni nada parecido.
Solo queríamos ver el interior antes de que el edificio desapareciera. Habían anunciado que pronto lo demolerían.
La puerta lateral estaba entreabierta.
El interior olía a madera vieja.
El vestíbulo estaba lleno de polvo.
Carteles antiguos todavía colgaban en las paredes.
Avanzamos hacia la sala principal.
El lugar era enorme.
Filas de butacas cubiertas de polvo.
El escenario al fondo.
Y arriba, el balcón donde alguna vez se sentaba el público.
El silencio era profundo.
Demasiado profundo.
Caminamos entre los pasillos de asientos.
La madera crujía bajo nuestros pies.
De pronto escuchamos el primer golpe.
Seco.
Contra una pared.
Nos detuvimos.
Miramos alrededor.
Nada.
Pensamos que algún pedazo de yeso había caído.
Seguimos caminando.
El segundo golpe fue más fuerte.
Venía del escenario.
Golpe.
Rebotó en las paredes vacías del teatro.
Subimos al escenario con las linternas del teléfono.
Las cortinas estaban rotas.
Las paredes detrás tenían grietas largas.
Y otra vez.
Golpe.
Esta vez justo detrás del muro lateral del escenario.
No había nadie.
Ni puertas.
Ni pasillos.
Solo pared.
Mi amigo tocó la superficie con la mano.
Era sólida.
Vieja, pero sólida.
Mientras revisábamos, escuchamos otro golpe.
Pero esta vez no venía del escenario.
Venía desde arriba.
Desde el segundo nivel.
Levanté la linterna hacia los balcones.
Las butacas superiores estaban cubiertas de sombras.
Y entonces lo vi.
En una de las ventanas del fondo.
Había una figura.
No estaba dentro del teatro.
Parecía estar detrás del vidrio de la ventana exterior.
Una silueta oscura.
De pie.
Completamente inmóvil.
No distinguíamos el rostro.
Solo la forma de alguien mirando hacia abajo.
Directamente hacia el escenario.
Pensé que era alguien en la calle.
Pero algo no tenía sentido.
Ese nivel daba hacia un callejón estrecho que siempre estaba cerrado por una reja.
Nadie podía llegar ahí.
Mi amigo también lo vio.
Le apuntó con la linterna.
La luz apenas tocó el vidrio.
La figura no se movió.
Seguía ahí.
Observando.
Entonces escuchamos otro golpe.
Golpe.
Esta vez justo detrás de nosotros.
En la pared del escenario.
Giramos de inmediato.
No había nadie.
Solo la pared agrietada.
Cuando volvimos a mirar la ventana…
La figura ya no estaba.
El vidrio reflejaba la luz de los faroles de la calle.
Nada más.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
El teatro volvió a quedar completamente quieto.
Decidimos salir.
No discutimos la decisión.
Solo caminamos hacia la puerta.
Cuando ya estábamos cruzando el vestíbulo escuché algo más.
Un golpe.
Muy leve.
Pero no venía del escenario.
Ni del balcón.
Parecía venir de la pared que estaba justo al lado de la puerta de salida.
Como si alguien estuviera del otro lado.
Golpeando suavemente.
Intentando llamar.





