No suelo manejar de noche por carreteras rurales.
Pero ese día regresaba tarde. Había visitado a un familiar en un pueblo pequeño y tomé el camino más corto para volver a casa.
Era una carretera estrecha entre campos.
Sin casas.
Sin luces.
Solo el sonido del motor y el viento.
Pasaba de medianoche.
La única iluminación era la de mis faros. A los lados del camino había muros de tierra y piedra que separaban los campos.
Todo era completamente silencioso.
Hasta que escuché el primer golpe.
Fue seco.
Fuerte.
Del lado derecho del auto.
Pensé que había golpeado una piedra suelta. Bajé la velocidad y miré por el espejo, pero no vi nada.
Seguí conduciendo.
Unos segundos después ocurrió de nuevo.
Golpe.
Esta vez fue más claro. Como si alguien hubiera dado un puñetazo contra la lámina del coche.
Miré el lado derecho del camino.
Solo estaba el muro de tierra que bordea la carretera.
Nada más.
Intenté ignorarlo.
Pero entonces los golpes comenzaron a repetirse.
No eran aleatorios.
Eran rítmicos.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Como si algo caminara junto al auto y tocara la puerta cada pocos pasos.
Sentí un nudo en el estómago.
Reduje la velocidad casi hasta detenerme.
Los golpes siguieron.
Ahora venían del mismo punto de la puerta trasera.
Golpe.
Golpe.
Era imposible que alguien caminara ahí. El muro de tierra estaba pegado al camino.
No había espacio para una persona.
Aun así, los golpes continuaban.
Decidí frenar por completo.
El coche quedó en silencio.
El motor encendido, las luces apuntando al camino vacío.
Los golpes se detuvieron.
Esperé unos segundos.
Nada.
Respiré hondo.
Me dije que seguramente alguna rama o piedra se había quedado atrapada en la carrocería.
Abrí la puerta.
El aire de la madrugada estaba frío.
Caminé hacia la parte trasera del auto y revisé la lámina.
No había marcas.
No había nada atorado.
Tampoco había huellas en la tierra del lado del muro.
Volví a subir al coche.
Cerré la puerta.
Apagué el motor para escuchar mejor.
Durante unos segundos no pasó nada.
Entonces escuché el golpe otra vez.
Pero esta vez no venía de afuera.
Venía de dentro del auto.
De la parte trasera.
Golpe.
Giré lentamente la cabeza hacia el asiento de atrás.
No había nadie.
Pero en el vidrio del lado derecho, reflejado por la luz tenue del tablero, se veía algo extraño.
Una silueta.
No estaba dentro del coche.
Parecía estar… del otro lado del vidrio.
Como si alguien caminara pegado a la puerta.
Golpe.
Golpe.
Los golpes siguieron.
Yo no me moví.
Porque lo que más me inquietó no fue el sonido.
Fue la forma de la sombra.
No estaba a la altura del suelo.
Ni caminando junto al coche.
Parecía estar inclinada.
Como si alguien estuviera de pie en un pasillo muy estrecho.
Justo al lado de la puerta.
Observando hacia adentro.
Y lo peor es que, mientras arrancaba el motor para irme, vi cómo esa sombra levantaba lentamente el brazo.
Como si fuera a golpear otra vez.





