La sombra detrás del televisor: el microcuento que convierte la sala en pesadilla
Microcuentos 06 de Mayo de 2026

La sombra detrás del televisor: el microcuento que convierte la sala en pesadilla

Una historia breve sobre el rincón más ignorado de la casa.

Todos hemos sentido alguna vez que una habitación cambia cuando el televisor se apaga. La pantalla queda negra, pero no vacía. Refleja muebles deformados, lámparas apagadas, puertas entreabiertas y, a veces, algo que no recordamos haber dejado ahí. Ese es el tipo de miedo que no necesita golpes ni gritos: basta una silueta donde no debería haber nadie para que la casa entera parezca contener la respiración.

Nos gusta pensar que conocemos nuestros espacios. Sabemos dónde cruje el piso, qué ventana vibra con el viento, qué sombra pertenece a cada silla. Pero hay rincones que casi nunca miramos con atención. Detrás del televisor, por ejemplo, suele haber polvo, cables, una pared olvidada y esa oscuridad pequeña que solo notamos cuando algo parece moverse.

Esta historia empieza ahí, en una sala común, de noche, con una persona cansada frente a una pantalla encendida. Nada extraordinario. Nada que anuncie una tragedia. Solo el cansancio, el silencio y una sombra que apareció primero como un error de la vista.

La sala después de medianoche

El televisor llevaba horas encendido, pero nadie lo estaba viendo realmente. La película avanzaba sola, iluminando la sala con destellos azules y blancos. Cada cambio de escena pintaba las paredes de otro tono, hacía crecer las sombras de los muebles y luego las borraba de golpe. Afuera no pasaban autos. Adentro, todo parecía detenido.

La persona en el sillón se había quedado medio dormida, con el control remoto en la mano. Despertó por ese pequeño sobresalto que todos conocemos: la sensación de caer dentro del sueño. Parpadeó, miró la pantalla y tardó unos segundos en entender dónde estaba.

Entonces vio la sombra.

No estaba dentro de la película. No era parte de la escena. Era una forma oscura, delgada, vertical, reflejada en la pantalla negra durante un corte de imagen. Parecía estar justo detrás del televisor, pegada a la pared, como si alguien se hubiera escondido ahí y esperara sin moverse.

La imagen volvió y la sombra desapareció.

El reflejo que no debía existir

Al principio quiso reírse de sí mismo. Era tarde. La mente inventa cosas cuando está cansada. Podía ser el perchero del pasillo, una cortina, una pila de ropa sobre una silla. Algo perfectamente normal convertido en amenaza por la luz cambiante de la pantalla.

Pero el cuerpo no se tranquilizó.

La película siguió, aunque ya no importaba. Cada vez que la escena se oscurecía, sus ojos buscaban el reflejo. Y cada vez que la pantalla quedaba casi negra, la sombra regresaba. No siempre igual. A veces parecía más alta. A veces más inclinada. A veces tan cerca del borde del televisor que daba la impresión de que estaba asomándose.

Lo peor era que la sala no tenía nada detrás del televisor. Solo una pared lisa, un mueble bajo y los cables conectados. No había espacio para que alguien se ocultara ahí.

Aun así, la sombra estaba.

El sonido de los cables

Decidió levantarse. No por valentía, sino porque quedarse sentado era peor. Caminó despacio hacia el televisor, sintiendo el piso frío bajo los pies. La pantalla iluminaba su rostro por momentos y luego lo hundía en la oscuridad. Cada paso hacía que la sombra reflejada cambiara de lugar, como si retrocediera al mismo ritmo.

Al llegar frente al mueble, apagó el televisor.

La sala quedó en silencio.

Ese silencio duró apenas unos segundos, pero se sintió demasiado largo. Después escuchó un sonido bajo, casi tímido: un roce detrás del aparato. Como si alguien moviera un cable con la punta de los dedos.

Se inclinó un poco. No vio nada. Solo polvo, conexiones, un enchufe flojo y la pared. Pasó la mano por detrás del televisor, tocó los cables, empujó el mueble contra la pared. Todo estaba en orden.

Entonces el televisor se encendió solo.

La pantalla mostró primero estática, luego una imagen oscura, sin canal, sin sonido. En el reflejo, detrás de él, apareció la sombra.

Esta vez ya no estaba detrás del televisor.

Estaba detrás del sillón.

La sombra aprendió a moverse

No corrió. Hay miedos que paralizan antes de permitirnos huir. Se quedó mirando la pantalla, incapaz de girarse. En el reflejo podía ver el sillón vacío, la mesa de centro, la puerta del pasillo y esa figura negra, alta, inmóvil, colocada en el lugar exacto donde él había estado sentado minutos antes.

La sombra no tenía rostro, pero parecía mirar. No tenía manos, pero parecía apoyarse en el respaldo del sillón. No tenía cuerpo definido, pero la sala parecía doblarse alrededor de ella, como si su oscuridad fuera más pesada que la del resto de la casa.

Intentó apagar el televisor otra vez. El control no respondió. Los botones tampoco. La pantalla siguió mostrando aquel reflejo imposible, cada vez más nítido, cada vez más cercano.

Entonces comprendió algo que le heló la sangre: la sombra no estaba siendo reflejada por la pantalla.

La pantalla era lo único que permitía verla.

La llamada desde el pasillo

Un golpe suave sonó al fondo de la casa.

Luego otro.

Venían del pasillo, cerca de las habitaciones. La sombra en la pantalla giró lentamente, como si también hubiera escuchado. Después se deslizó fuera del reflejo, hacia la puerta. No caminó. No flotó. Simplemente dejó de estar junto al sillón y apareció más cerca del pasillo, avanzando entre cortes de luz, como si cada parpadeo de la pantalla le diera permiso de moverse.

La persona retrocedió hasta chocar con el mueble del televisor. El aparato vibró. La imagen se distorsionó. Por un instante, la pantalla se llenó de líneas grises.

Entre esas líneas apareció una frase escrita sin letras, entendida más que leída:

“No mires atrás.”

Pero ya era tarde.

Porque detrás de él, justo al otro lado del televisor, algo respiró contra la pared.

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¿Por qué esto da miedo?

Esta historia da miedo porque transforma un objeto cotidiano en una ventana hacia algo que no queremos ver. El televisor apagado suele reflejar nuestra casa, pero también nos obliga a mirar lo que está detrás de nosotros. Ese detalle tan simple vuelve vulnerable al lector, porque cualquiera ha visto una pantalla negra en una sala oscura y ha sentido que el reflejo podía mostrar algo más.

También inquieta porque la sombra no aparece como un monstruo claro. No explica qué quiere, no habla de forma directa, no ataca de inmediato. Su poder está en la duda: ¿estaba ahí desde el principio?, ¿la pantalla la reveló o la trajo?, ¿qué pasa si dejamos de mirar?

Lo más perturbador es que el miedo no vive en un castillo ni en un lugar abandonado. Vive en la sala, junto al sillón, detrás de un aparato que usamos para distraernos. Y eso vuelve la historia más cercana: nos recuerda que incluso los espacios más familiares pueden volverse extraños cuando la luz se apaga.

Al final, quizá lo más terrible no fue la sombra, sino descubrir que la casa tenía un ángulo secreto. Un punto ciego. Un lugar que siempre estuvo ahí, detrás del televisor, esperando la noche adecuada para ser visto. Porque hay presencias que no entran por la puerta: solo necesitan que una pantalla se oscurezca para aparecer en el reflejo.

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Autor
AVHGARAY

Creador de NoDuermasMX, narrador y entusiasta de leyendas mexicanas de terror.

© NoDuermas