Escuché pasos en la azotea… y nadie más parecía oírlos por la noche
Microcuentos 13 de Abril de 2026

Escuché pasos en la azotea… y nadie más parecía oírlos por la noche

Hay sonidos que no deberían repetirse… sobre todo cuando sabes que nadie está arriba

Nunca pensé que un sonido tan simple pudiera quedarse conmigo tanto tiempo.
No fue algo exagerado, ni una escena fuera de lo común. Fue solo eso… pasos. Lentos, constantes, en un lugar donde nadie debería estar a esa hora.

La primera vez que los escuché, no hice nada.
Me quedé quieto, tratando de convencerme de que era el viento, alguna lámina moviéndose, quizá un animal. Es fácil encontrar explicaciones cuando uno no quiere pensar demasiado.

Pero el problema no fue esa noche.
Fue que volvió a ocurrir.

Y luego otra vez.

No eran ruidos aleatorios.
No era un golpe, ni algo que se arrastra sin sentido. Era un ritmo. Como si alguien caminara de un extremo a otro, deteniéndose a veces… y retomando el paso después de unos segundos.

Ahí fue cuando empecé a prestar atención.

La normalidad que se rompe sin aviso

Hay algo inquietante en los sonidos que no tienen una causa visible.
Porque la mente necesita completar lo que no ve. Y cuando no puede… empieza a imaginar.

Durante el día, la azotea era solo eso.
Un espacio vacío, con algunos objetos olvidados, polvo acumulado y silencio. Nada que llamara la atención, nada que sugiriera que algo estaba fuera de lugar.

Pero de noche, cambiaba.

No en su forma.
En la forma en que se sentía.

Empecé a notar que los pasos siempre comenzaban a la misma hora.
No exacta, pero cercana. Como si hubiera un momento específico en el que algo… se activara.

Al principio intenté ignorarlo.
Seguir con mi rutina, distraerme, convencerme de que no tenía sentido darle importancia. Pero el sonido era demasiado claro para desaparecer por completo.

Y lo más extraño es que nadie más lo mencionaba.

Intentar explicarlo lo hace más incómodo

Una noche decidí subir.
No por valentía, sino por cansancio. Necesitaba comprobar que no había nada. Que todo tenía una explicación lógica.

Las escaleras estaban en silencio.
El tipo de silencio que uno espera en una casa dormida. Cada paso que daba parecía más fuerte de lo normal, como si el espacio amplificara cualquier movimiento.

Abrí la puerta de la azotea.

Nada.

El aire era frío, pero no distinto.
El lugar estaba exactamente como siempre. Sin señales de que alguien hubiera estado ahí. Sin objetos movidos, sin marcas, sin nada que indicara actividad reciente.

Me quedé unos minutos.

Esperando.

Pero no pasó nada.

Bajé con una sensación extraña.
No de alivio. Más bien de duda. Como si haber comprobado que no había nada… no fuera suficiente.

Esa misma noche, los pasos volvieron.

Y esta vez, comenzaron después de que bajé.

El patrón que no debería existir

No era constante.
Había noches en las que no ocurría nada. Y eso, de alguna forma, lo hacía peor. Porque rompía cualquier intento de encontrar un patrón lógico.

Pero cuando sucedía, era igual.

El mismo ritmo.
La misma distancia. El mismo recorrido.

Empecé a notar algo más.

No solo escuchaba los pasos.
Sentía el momento antes de que comenzaran. Como si el ambiente cambiara ligeramente. Como si el silencio se volviera más denso.

No es fácil explicar eso.

Pero quien ha sentido algo así… lo entiende.

Una noche, mientras escuchaba con más atención de lo habitual, ocurrió algo distinto.

Los pasos se detuvieron.

No de forma gradual.
Se cortaron en seco.

Y después de unos segundos… hubo un solo paso más.

Más cerca.

No en la azotea.

En el lugar donde estaba yo.

No había nadie.
No había movimiento. No había nada que justificara ese sonido.

Pero no fue imaginación.

Porque no vino de afuera.

El momento en que dejas de buscar explicaciones

Después de eso, dejé de subir.
No tenía sentido. No porque creyera en algo específico, sino porque entendí que no iba a encontrar una respuesta que encajara.

Los pasos continuaron por un tiempo.

No todas las noches.
No con la misma intensidad.

Pero lo suficiente para que se quedaran en mi memoria.

Con el tiempo, dejaron de escucharse.

O al menos, dejaron de ser evidentes.

La vida siguió.
La rutina regresó. Todo volvió a una aparente normalidad.

Pero hay algo que no desapareció.

La sensación.

Esa pequeña incomodidad cuando el silencio es demasiado perfecto.
Ese momento en el que el oído intenta encontrar un sonido que ya no está… pero que alguna vez sí estuvo.

Y lo más extraño de todo es esto:

No fui el único.

Años después, en una conversación casual, alguien mencionó algo parecido.
Otra casa, otra azotea, otra experiencia. Pero la descripción… era casi la misma.

No intentamos explicarlo.

No hacía falta.

Porque hay cosas que no necesitan una conclusión para quedarse contigo.

Y a veces, lo más inquietante no es lo que escuchas…
sino lo que tu mente empieza a anticipar cuando todo debería estar en silencio.

¿Por qué esto da miedo?

Da miedo porque ocurre en un espacio cotidiano.
No es un lugar desconocido ni un entorno extremo. Es tu casa, tu espacio seguro. Eso rompe cualquier sensación de control.

También inquieta porque no hay confirmación visual.
No ves nada, pero el sonido es claro. Eso obliga a la mente a llenar los vacíos, y ahí es donde comienza la incomodidad real.

No es un evento aislado. Es algo que vuelve, que se instala en la rutina. Y cuando algo así se vuelve parte de lo cotidiano… deja de parecer externo.

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avhgaray
Autor
AVHGARAY

Creador de NoDuermasMX, narrador y entusiasta de leyendas mexicanas de terror.

© NoDuermas