
La puerta que nunca debía abrirse
El edificio tenía más de cincuenta años, y cada pasillo olía a humedad y pintura vieja.
Sofía se había mudado allí hacía apenas dos semanas, buscando tranquilidad después de su divorcio. Todo parecía normal, salvo por una puerta al fondo del pasillo, sin número y con un cerrojo oxidado.
Nadie hablaba de ella.
Una noche, mientras regresaba del trabajo, escuchó golpes suaves provenientes del otro lado.
Tres toques.
Pausa.
Tres más.
Pensó que era el viento… hasta que una voz infantil susurró su nombre.
—Sofía… ábreme, por favor.
El miedo le erizó la piel. No tenía vecinos niños en ese piso.
Al día siguiente, preguntó al portero por la puerta.
El hombre, con la mirada fija en el suelo, solo dijo:
—Esa puerta está cerrada desde antes de que yo naciera.
Esa noche, los golpes volvieron. Más fuertes. Desesperados.
Sofía, temblando, tomó valor y acercó el oído.
Del otro lado, alguien lloraba.
—Ayúdame… me dejaron aquí…
El llanto era tan real que su compasión venció al miedo. Giró el picaporte.
La cerradura cedió con un chasquido, y un aire frío la envolvió.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Lo suficiente para ver algo que no debía existir: un pasillo idéntico al suyo, pero en penumbra… y, al fondo, a sí misma, de espaldas, cerrando otra puerta.
Dejó caer la linterna y corrió sin mirar atrás.
Al día siguiente, la puerta estaba sellada con cadenas nuevas.
El portero juró que el departamento 302 —el suyo— llevaba vacío más de cinco años.
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