
La Llorona: El Lamento que Atraviesa la Noche
Muchos hombres la pretendieron, pero ella entregó su corazón a un caballero de tierras lejanas, un hombre elegante que le prometió amor eterno y una vida llena de riquezas.
Al principio, su hogar se llenó de risas y esperanza. Isabel tuvo dos hijos, y los cuidaba con un amor feroz. Sin embargo, con el tiempo, el caballero se fue cansando de la vida sencilla del pueblo. Comenzó a ausentarse durante semanas, hasta que una tarde lo vieron cabalgar acompañado de otra mujer, una dama rica con quien planeaba casarse en secreto.
La noticia llegó a oídos de Isabel como un puñal. Lloró, gritó, y finalmente, su dolor se transformó en locura. Una noche sin luna, salió de su casa vestida de blanco, tomó de la mano a sus pequeños y los condujo hasta la orilla del río. Nadie sabe si fue el odio o la desesperación lo que la dominó, pero hundió a los niños en las aguas oscuras hasta que sus llantos se apagaron.
Cuando comprendió lo que había hecho, su mente se quebró por completo. Se arrojó al río y dejó que la corriente arrastrara su cuerpo. Los pobladores encontraron solo su vestido blanco flotando río abajo. El caballero nunca regresó.
Desde entonces, cada medianoche, los que cruzan el puente aseguran escuchar un lamento que hiela la sangre: “¡Ay, mis hijos…! ¡Ay, mis hijos!”. Quienes la han visto describen una figura femenina, cubierta por un velo húmedo, con los ojos hundidos en sombras. Algunos aseguran que aparece en la puerta de los hogares donde hay niños, como si buscara reemplazar a los que perdió. Otros cuentan que camina por los ríos y lagunas, condenada a llorar eternamente por lo que arrebató con sus propias manos.
Los ancianos del pueblo advierten que si escuchas su lamento cercano, estás a salvo, pues su grito se aleja. Pero si lo oyes lejano, corre… porque significa que La Llorona está justo detrás de ti.
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