
La habitación sin ventanas
Diego encontró el anuncio por casualidad: “Habitación en renta, económica, sin ruidos, sin distracciones.”
Perfecta, pensó. Era escritor y necesitaba silencio para terminar su novela.
Cuando llegó, la dueña, una mujer mayor de sonrisa apagada, solo le pidió una cosa:
—Nunca muevas el mueble grande que está contra la pared.
La habitación era pequeña y sin ventanas, pero fresca y tranquila. Ideal para concentrarse.
La primera noche durmió bien, aunque juró escuchar golpes sordos detrás del mueble.
El segundo día, el sonido volvió. Eran tres golpecitos, como si alguien llamara desde el otro lado.
Intentó ignorarlo. Pero el tercer día, los golpes se transformaron en susurros.
—Ayúdame… por favor…
Tomó una linterna y movió el mueble.
Detrás, había una puerta vieja tapiada con tablones. De entre las rendijas, salía aire frío y un olor a humedad.
Diego retrocedió, pero algo lo empujó hacia adelante.
Al día siguiente, la casera llamó a la policía.
El cuarto estaba vacío.
Solo encontraron el mueble otra vez contra la pared… y una nueva voz susurrando desde dentro.
—Ahora soy yo quien escribe aquí…
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