
La casa del doctor Valverde: el expediente que nunca cerró
El doctor Valverde era un hombre metódico.
Atendía en su consultorio privado, una casona en las afueras de San Luis Potosí con ventanas siempre cerradas.
Nunca aceptaba pacientes nuevos sin cita.
Nunca daba recetas por teléfono.
Y, según sus vecinos, nunca dormía.
Durante años, se corrió el rumor de que trataba enfermedades que los hospitales no querían atender: insomnios incurables, delirios, sombras que sus pacientes decían ver a plena luz del día.
Algunos mejoraban.
Otros desaparecían.
En 1989, la enfermera Julia Morales presentó una denuncia anónima:
“Los pacientes no se van, doctor. Ellos se quedan.”
La policía registró la casa una noche de enero.
Encontraron camillas con correas, frascos sin etiquetas, y un cuarto cerrado con candado donde el aire olía a metal y cloro.
En la mesa de operaciones había un cuaderno.
Cada página mostraba un nombre, una fecha… y una firma en tinta roja, como si los pacientes hubieran firmado con sangre.
Valverde jamás fue arrestado.
Desapareció dos días después, dejando las luces encendidas y una radio sonando en la sala.
Dicen que, si pasas frente a la casa abandonada, el sonido de la radio sigue activo, aunque el cable esté cortado.
Y a veces, al mirar desde la ventana, alguien te devuelve la mirada con una bata blanca manchada de rojo.
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