
El retrato que cambió de expresión
Cuando Clara se mudó a la vieja casa de su tía fallecida, encontró un retrato antiguo colgado en el pasillo principal. Mostraba a una mujer de rostro sereno, labios curvados en una sonrisa leve y ojos profundos que parecían seguirte a donde fueras.
Le resultaba familiar, aunque no entendía por qué.
Durante los primeros días, el cuadro le parecía inofensivo. Pero conforme pasaban las noches, algo comenzó a inquietarla: la expresión de la mujer en el retrato parecía cambiar.
La sonrisa se fue desdibujando poco a poco, hasta transformarse en una mueca casi imperceptible de tristeza.
Pensó que era producto del cansancio, del reflejo de la luz o de su imaginación… hasta que una noche, al regresar tarde, la pintura ya no mostraba tristeza.
Ahora, la mujer fruncía el ceño y sus ojos brillaban con furia.
Clara encendió las luces del pasillo. El retrato estaba ligeramente torcido, como si alguien lo hubiera tocado. Un escalofrío recorrió su espalda.
Decidió ignorarlo, convencida de que al amanecer todo volvería a la normalidad.
Pero a la mañana siguiente, el cuadro yacía en el suelo, con el cristal hecho pedazos, y el lienzo… estaba vacío.
Solo quedaban huellas de dedos sobre el marco, como si algo —o alguien— hubiera salido de él.
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