
El niño que tocaba la ventana
Cada noche, a las 3:11 en punto, se escuchaban tres golpecitos en la ventana del departamento.
Laura lo notó la primera semana que se mudó. Al principio creyó que era el viento… pero los golpes eran demasiado rítmicos, demasiado humanos.
—Toc, toc, toc.
Silencio.
—Toc, toc, toc.
Una noche decidió mirar. Abrió las cortinas y lo vio: un niño de no más de ocho años, de pie bajo la lluvia, empapado, con los ojos vacíos.
No pedía ayuda. Solo miraba hacia dentro.
Laura gritó, pero el niño desapareció sin dejar huellas en el balcón.
Llamó al portero. Éste, con la voz temblorosa, le dijo:
—Señorita… no sea curiosa. Nadie debe abrir esa ventana.
Desde entonces, Laura no volvió a dormir tranquila. Cada madrugada, los golpes regresaban.
A veces los escuchaba más cerca, como si vinieran desde el interior del cuarto.
Una noche, cansada del miedo, se acercó y susurró:
—¿Qué quieres?
Del otro lado, una voz infantil respondió:
—Entrar.
A la mañana siguiente, el portero encontró la ventana abierta y el cuarto vacío.
Solo quedaban pequeñas huellas mojadas que se alejaban por el pasillo… hasta detenerse frente a otra puerta.
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