
El callejón del aguacate: la leyenda más oscura de Coyoacán
Coyoacán es uno de los barrios más antiguos y pintorescos de la Ciudad de México.
Sus calles empedradas, casonas coloniales y faroles amarillos parecen detenidos en el tiempo.
Pero entre todas sus historias, hay una que nadie cuenta en voz alta:
la del callejón del aguacate, donde el aire se vuelve frío sin razón y el silencio pesa como un secreto.
El origen de la maldición
La historia se remonta a la época de la Revolución.
Un general del ejército rentó una casona en ese callejón estrecho, buscando tranquilidad lejos de los conflictos.
Los vecinos lo recuerdan como un hombre serio, solitario y de temperamento violento.
Una tarde, mientras practicaba con su espada en el jardín, un niño del vecindario se acercó para ver.
El pequeño traía una pelota de trapo y, sin pensarlo, la pateó hacia el general.
El hombre, irritado por la interrupción, reaccionó con furia.
Golpeó al niño y, cegado por la ira, lo mató.
Cuentan que, horrorizado por lo que había hecho, enterró el cuerpo bajo el gran árbol de aguacate que crecía en el patio.
Desde entonces, el árbol comenzó a marchitarse… y los gritos del niño se escuchaban por las noches.
El callejón que respira miedo
Décadas después, vecinos y visitantes aseguran que el alma del niño sigue allí.
Al caer la noche, una figura pequeña aparece jugando con una pelota que rebota contra las paredes.
Algunos dicen que si sigues el sonido, verás al niño de espaldas, inmóvil.
Si te atreves a hablarle, volteará lentamente…
y en lugar de rostro, tendrá un hueco oscuro, profundo, como si el tiempo se lo hubiera devorado.
Otros aseguran que el fantasma del general también ronda el lugar, condenado a ver eternamente su crimen.
Se dice que las luces de los faroles se apagan solas y que los perros evitan mirar hacia el árbol del fondo.
El callejón hoy
El Callejón del Aguacate aún existe, escondido entre las calles de Coyoacán.
De día parece inofensivo, lleno de turistas y estudiantes que buscan historias para sus redes.
Pero de noche… cambia.
El aire se enfría de golpe, y quienes se atreven a entrar sienten que algo los observa desde el fondo.
Muchos aseguran haber captado sombras en fotos, rostros en los muros y hasta la voz de un niño diciendo:
“¿Has visto mi pelota?”
Los vecinos, acostumbrados a los curiosos, solo recomiendan una cosa:
si el viento sopla fuerte y el árbol cruje… no voltees.
El Callejón del Aguacate no es solo una historia más de Coyoacán.
Es un recordatorio de que el pasado no se entierra tan fácil,
y que algunas almas prefieren quedarse…
a esperar a quien escuche su último juego.
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