Sombras en la ventana del segundo piso: un cuento sobre lo que te mira desde arriba
Cuentos 18 de Diciembre de 2025

Sombras en la ventana del segundo piso: un cuento sobre lo que te mira desde arriba

Cuento de terror psicológico sobre una casa donde una ventana del segundo piso muestra sombras que nadie puede explicar.

La casa apareció como aparecen las oportunidades que no deberían existir: demasiado grande para el precio, demasiado cerca del centro para estar olvidada, demasiado silenciosa para un barrio donde siempre hay alguien barriendo la banqueta.

Cuando el agente inmobiliario me dio las llaves, no me habló de humedad ni de goteras. Me habló de luz. Dijo que la casa era luminosa, que el segundo piso recibía el sol de la tarde y que por las noches el aire corría como si el edificio respirara. Yo asentí sin discutir. Había pasado meses buscando un lugar donde empezar de nuevo, y la palabra empezar era lo único que me importaba.

El primer día no noté nada extraño. La casa olía a madera vieja y a polvo encerrado. Las paredes estaban limpias, pero ese tipo de limpieza que no vence al tiempo. Subí al segundo piso para revisar las habitaciones. Había dos: una amplia, con piso de duela y un clóset profundo; la otra más pequeña, con una ventana que daba a la calle y un marco de hierro oxidado.

Esa ventana fue lo primero que me llamó la atención.

No por el estado del vidrio, ni por el tamaño. Por el ángulo. La ventana estaba ligeramente hundida en el muro, como si el diseño intentara ocultarla. Desde afuera, según imaginé, debía verse como un ojo discreto, un ojo que no quiere ser visto.

Aun así, el segundo piso me pareció perfecto para instalar mi estudio. Era fotógrafo y necesitaba espacio para equipo, fondos, cajas. La habitación grande se volvió mi cuarto, la pequeña mi bodega. La ventana se quedó donde estaba, mirando a la calle sin intención aparente.

La primera noche, mientras acomodaba cosas, escuché que alguien se detuvo afuera.

No eran pasos claros. Era una pausa. Esa quietud que se siente antes de que una persona toque la puerta o se vaya sin hacer ruido. Me acerqué a la ventana del segundo piso para mirar. Las luces de la calle iluminaban parcialmente la banqueta. No había nadie. Pensé en un vecino curioso, en un perro, en cualquier explicación que se deshace sola.

Cuando regresé al primer piso, sentí una incomodidad breve. El tipo de incomodidad que no se convierte en miedo, pero sí en alerta. Cerré con llave, apagué las luces, me metí a la cama.

A las 2:11 de la madrugada, mi teléfono vibró. No era una llamada. Era un mensaje de un número desconocido.

Solo decía: “¿Ya te instalaste?”

No respondí. Bloqueé el número sin pensarlo. Me molestó la idea de que alguien supiera que yo estaba ahí, de que alguien vigilara mi mudanza. Fue un detalle desagradable, pero nada más.

Volví a dormir.

La segunda noche fue cuando lo vi.

Estaba en la cocina, tomando agua, cuando mi vista se dirigió de forma automática hacia el patio. El vidrio de la puerta reflejaba parte de la sala y, detrás de ese reflejo, se alcanzaba a ver el segundo piso. La ventana de la habitación pequeña estaba oscura, como debía estar. Sin embargo, en el cristal había una sombra.

No era una figura completa. Era un movimiento. Algo que cruzó la ventana como si alguien pasara frente a ella.

Sentí un golpe seco en el estómago. Subí las escaleras de inmediato, sin encender luces, guiándome por la memoria de los escalones. Abrí la puerta de la habitación pequeña.

No había nadie.

Encendí el foco. El cuarto era un almacén de cajas apiladas y plástico. No había espacio para esconderse. Me asomé al clóset, revisé detrás de las cajas. Nada. La ventana estaba cerrada por dentro y el seguro de hierro estaba en su lugar.

Me quedé unos segundos respirando fuerte, molesto conmigo mismo por haber corrido como si realmente esperara encontrar a alguien. Bajé. Apagué luces. Traté de dormir.

No pude.

Empecé a pensar en reflejos, en autos que pasan, en sombras proyectadas por faroles. El problema era que la sombra no parecía venir de afuera. Parecía venir de adentro.

La tercera noche, el fenómeno se repitió, pero con un detalle distinto.

Había decidido no mirar. Me obligué a mantener la rutina normal. Cenaba, lavaba los platos, revisaba correos, y subía a dormir sin pensar en la ventana. Sin embargo, antes de apagar la luz del primer piso, algo me hizo voltear.

La ventana del segundo piso estaba iluminada.

Yo no había encendido ninguna luz arriba.

La claridad era tenue, como de una lámpara distante. No era el foco de techo, era una luz lateral, como si alguien sostuviera un celular cerca del vidrio. Dentro de esa claridad, vi la sombra con más definición. No tenía rasgos, pero sí forma. Era alta, delgada, inmóvil. Parecía estar mirando hacia afuera.

Hacia mí.

Subí de nuevo, con el pulso acelerado. Al llegar al segundo piso, todo estaba oscuro. Empujé la puerta de la habitación pequeña y encendí el foco. El cuarto estaba igual. La ventana cerrada. Ninguna lámpara encendida.

Entonces, como si la casa quisiera corregirme, escuché un golpe leve contra el vidrio.

No fue una piedra. No fue fuerte. Fue como un toque con nudillos.

Me quedé helado. Me acerqué despacio a la ventana, miré hacia la calle. No había nadie. La luz del farol iluminaba la banqueta vacía.

Golpearon de nuevo. Esta vez no en el vidrio, sino en el marco. Un sonido seco, directo, como si alguien estuviera tocando desde el lado de adentro.

Di un paso atrás.

El cuarto estaba vacío. No había forma de que alguien tocara desde dentro. Sin embargo, el sonido se repitió, y sentí con claridad algo que pocas veces se siente: la certeza de que una regla del mundo acababa de romperse.

No grité. No corrí. Me quedé parado, intentando entender qué decisión debía tomar. Fue ahí cuando vi la sombra por primera vez dentro de la habitación.

No como un cuerpo, sino como un oscurecimiento del aire. Una zona donde la luz parecía negarse a entrar. Estaba justo frente a la ventana, ocupando un espacio de pie. Sin moverse. Sin llegar a ser figura, pero con la firmeza de algo que está colocado ahí desde hace mucho tiempo.

Apagué la luz del cuarto sin querer. O tal vez no fui yo quien la apagó. El interruptor estaba del otro lado del cuarto, y aun así todo quedó negro.

La sombra, en la oscuridad, se volvió más clara.

No supe cómo describirlo después. Es una contradicción, pero así lo percibí: en ausencia de luz, esa presencia se definía mejor. Era como si necesitara oscuridad para existir con precisión.

Bajé las escaleras sin mirar atrás. Cerré la puerta de mi cuarto con llave. Me encerré. Esa noche no dormí.

Al día siguiente llamé a un electricista. Revisó el cableado, el tablero, los interruptores. Todo estaba normal. Me habló de variaciones de voltaje, de contactos flojos, de cosas que suenan técnicas y tranquilizadoras. No encontró nada.

Esa misma tarde, al llegar del trabajo, encontré un sobre debajo de la puerta.

No tenía remitente. Dentro había una fotografía.

Era una foto de la casa. Tomada desde la calle. En blanco y negro, como una foto vieja. La calidad era demasiado buena para ser un celular. Se veía la fachada con claridad, y en el segundo piso, en la ventana pequeña, había una sombra. Una figura oscura, inmóvil.

Debajo de la foto, escrito con letra muy apretada, había una frase:

“Desde ahí se ve mejor.”

No entendí a qué se refería hasta que subí al segundo piso y me acerqué a esa ventana con la foto en la mano. Por primera vez me asomé con atención real. No solo vi la calle. Vi, justo enfrente, la casa de al lado.

Y vi su ventana.

Una ventana del segundo piso, exactamente a la altura de la mía, separada por pocos metros de aire. Era una casa que hasta entonces me parecía común, con cortinas cerradas, con un balcón sin plantas, con una fachada indiferente.

Pero al mirar con atención, noté algo que me hizo sentir náusea.

Esa ventana de enfrente tenía marcas en el vidrio. Como huellas de manos. Como si alguien hubiera apoyado la cara muchas veces contra el cristal. Y, detrás de las cortinas, había un espacio oscuro que parecía demasiado profundo para ser una habitación.

Me aparté de la ventana con rapidez.

Ese mismo día, en la noche, la ventana del segundo piso volvió a iluminarse. Y la sombra, como siempre, se colocó ahí. Mirando hacia afuera.

Entonces entendí lo peor: la sombra no estaba mirando la calle. Estaba mirando la ventana de enfrente.

Como si vigilara algo.

Como si esperara que del otro lado alguien devolviera la mirada.

Los días siguientes, el patrón se repitió. La sombra aparecía siempre de noche. A veces encendía una luz leve en el cuarto. A veces solo se veía como un recorte oscuro contra el vidrio. Pero siempre estaba ahí, enfocada en la casa de enfrente.

Yo empecé a evitar el segundo piso. Dormía en el sillón. Trabajaba fuera. Me quedaba más tiempo en cafés. Pero la casa parecía adaptarse: la luz del pasillo se encendía sola, los escalones crujían como si alguien subiera, y en ocasiones, al entrar, encontraba la puerta de la habitación pequeña entreabierta.

Una tarde, harto de vivir con miedo y sin explicaciones, decidí hablar con los vecinos.

Toqué la puerta de la casa de enfrente. Esperé. Nadie abrió. Toqué de nuevo. Escuché algo dentro, un movimiento breve, una respiración contenida. La cortina se movió apenas, lo suficiente para dejar ver un ojo.

Un ojo pálido, demasiado abierto, inmóvil.

No me habló. Solo me observó.

Sentí que la sangre se me iba a los pies. Retrocedí y dije algo, no recuerdo qué. Tal vez un saludo. Tal vez una disculpa. La cortina volvió a cerrarse lentamente.

Regresé a mi casa temblando.

Esa noche, a las 2:11, recibí otro mensaje del número desconocido. Esta vez decía:

“Ahora ya sabes.”

Subí al segundo piso sin pensarlo. Entré a la habitación pequeña. Apagué la luz y me quedé frente a la ventana, esperando ver la sombra.

La sombra ya estaba ahí.

No se movió. No reaccionó a mi presencia. Era como si yo fuera invisible. Como si la sombra no perteneciera al cuarto, sino al marco de la ventana. Como si su función fuera estar ahí, noche tras noche, mirando la casa de enfrente.

Entonces, por primera vez, la sombra hizo algo distinto.

Se volteó hacia mí.

No vi un rostro, pero sentí la intención del movimiento. La oscuridad se reacomodó, y lo que antes era una figura mirando hacia la calle se convirtió en una presencia frente a mí. Tan cerca que el aire se volvió denso.

En ese instante, se encendió la luz del cuarto.

No el foco. Una luz tenue, desde abajo, como si algo brillara detrás de las cajas. Miré hacia el piso y vi, entre las cosas apiladas, una cámara.

No era mía. Era vieja, metálica, con marcas de uso. Estaba encendida, como si alguien la hubiera dejado grabando desde hace años.

Y en la pantalla, en vivo, vi la imagen del cuarto.

Vi mi espalda.

Y vi, detrás de mí, algo pegado al vidrio de la ventana. No una sombra. Una persona.

Una persona con la cara presionada contra el cristal, manos abiertas, ojos enormes, mirando desde el otro lado.

Desde la casa de enfrente.

Solté la cámara y corrí hacia abajo. Salí a la calle sin abrigo, sin llaves, sin pensar. Cuando me detuve, jadeando, miré hacia mi casa.

La ventana del segundo piso estaba iluminada.

Y ahora había dos sombras.

Una inmóvil, como siempre.

Y otra que se movía, lenta, como si estuviera aprendiendo a ponerse de pie en un lugar nuevo.

Nunca regresé.

Días después, volví de día con un familiar y un cerrajero. La casa estaba intacta, pero la habitación pequeña se sentía distinta. El aire olía húmedo, como un cuarto cerrado por años. No había ninguna cámara.

La ventana, sin embargo, tenía marcas en el vidrio. Huellas de manos del lado de adentro.

Y en el marco, con un polvo fino, se alcanzaba a ver una inscripción hecha con algo metálico, casi invisible:

“Desde aquí se ve mejor.”


Contexto y cierre

“Sombras en la ventana del segundo piso” explora el terror de la vigilancia y el miedo a ser observado desde un punto ciego. El relato se sostiene en la repetición de un patrón inquietante, en la idea de que algunas casas heredan funciones invisibles y en el momento en que el protagonista descubre que la sombra no mira por curiosidad, sino por necesidad.

No siempre lo que está en la ventana es lo peor. A veces lo peor es lo que te mira desde la otra ventana.

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Autor
AVHGARAY

Creador de NoDuermasMX, narrador y entusiasta de leyendas mexicanas de terror.

© NoDuermas