El coche que me seguía: una historia de terror que no olvidaré jamás
Un silencio envolvente, solo interrumpido por el sonido de mis pasos sobre el asfalto. Esa noche, el aire se sentía pesado, como si los mismos árboles observaran con desconfianza. La oscuridad me acompañaba, y aunque cada paso parecía un eco en el vacío, había algo más que perturbaba la calma: un coche que me seguía.
Al principio, pensé que era solo una coincidencia. La carretera desierta se extendía ante mí, y aquel automóvil oscuro parecía decidir seguir mi ritmo. Me detuve, esperando que pasara, pero no lo hizo; se quedó allí, inmóvil, como un depredador acechando a su presa. Un escalofrío recorrió mi espalda, y una extraña sensación de ser observado se apoderó de mí.
Intenté racionalizarlo, pensar que quizás era solo un conductor perdido, pero el hecho de que no se moviera me inquietaba. Continué caminando, acelerando el paso, pero el coche hizo lo mismo. A medida que la distancia entre nosotros se acortaba, el miedo se transformó en pánico. ¿Por qué no se alejaba? ¿Qué quería de mí?
Mi mente comenzó a divagar, imaginando todas las posibles razones: un secuestrador, un loco. Cada vez que miraba hacia atrás, las luces del coche brillaban intensamente, como ojos que me seguían con intenciones oscuras. La sensación de aislamiento era abrumadora; no había nadie más en la carretera, solo yo y ese coche que parecía ansioso por atraparme.
En mi desesperación, traté de recordar algún lugar seguro, alguna casa, una luz. Pero la carretera era interminable, y la oscuridad se profundizaba a cada paso. El sudor frío empapaba mi frente mientras mis pensamientos se tornaban caóticos. ¿Qué haría si el coche decidía detenerse junto a mí? ¿Podría correr lo suficientemente rápido?
Finalmente, avisté una pequeña casa a lo lejos, una luz tenue iluminaba la entrada. La esperanza se encendió en mí, y corrí hacia ella con todas mis fuerzas. Miré una vez más hacia atrás, y el coche seguía allí, parado en la carretera, como un espectro que no podía dejarme ir.
Al llegar a la puerta, golpeé con desesperación, y una voz proveniente del interior me preguntó qué sucedía. A medida que explicaba mi situación, una sombra se proyectó tras la ventana. Miré hacia el coche, ahora vacío, sin conductor, y el terror se transformó en confusión. ¿Era un juego de mi mente?
La puerta se abrió lentamente, y el anciano que me recibió parecía haber visto demasiadas cosas en su vida. Con una mirada comprensiva, me condujo al interior, pero la inquietante sensación de ser observado no desapareció. Mientras el anciano me ofrecía consuelo, me pregunté si alguna vez estaría a salvo de aquel coche que me seguía, un recordatorio de que algunos miedos son más reales de lo que deseamos admitir.
¿Por qué esto da miedo?
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