
Algo tocó mi hombro cuando estaba solo y desde entonces no he vuelto a olvidar esa noche
Estar completamente solo es una experiencia que todos conocemos.
Una habitación silenciosa, la luz tenue de una lámpara, quizá el sonido lejano de la calle filtrándose por una ventana.
Son momentos en los que el cuerpo se relaja porque sabe que no hay nadie más alrededor.
En esos momentos la mente deja de prestar atención a lo que ocurre detrás, porque simplemente no espera encontrar nada.
Por eso hay sensaciones que resultan tan difíciles de explicar cuando ocurren.
Una puerta que parece moverse.
Un sonido que aparece en el lugar equivocado.
O algo tan pequeño como sentir un roce en el hombro cuando sabemos con certeza que no hay nadie cerca.
Este microcuento nace de esa sensación tan específica: el instante en el que algo ocurre en nuestro espacio personal cuando estamos completamente solos.
Un momento tan breve que podría parecer imaginación.
Pero lo suficientemente claro como para quedarse grabado en la memoria.
La noche tranquila
Aquella noche estaba completamente solo en casa.
No era una noche extraña.
No había tormenta ni ruidos fuertes afuera.
La casa estaba en silencio, como suele estarlo después de cierta hora.
La única luz encendida era la del escritorio.
Estaba revisando algunos mensajes en el teléfono mientras apoyaba los codos sobre la mesa.
Nada fuera de lo normal.
El silencio del lugar
Las casas tienen sonidos propios cuando todo está quieto.
El leve crujido de la madera.
Algún ruido del refrigerador en la cocina.
El viento que mueve ligeramente una ventana.
Pero esa noche todo estaba particularmente tranquilo.
Tan tranquilo que podía escuchar incluso el sonido de mis propios movimientos sobre la silla.
La sensación
Estaba concentrado mirando la pantalla cuando ocurrió.
Un toque.
Suave.
Claro.
En el hombro izquierdo.
No fue un golpe.
Ni una presión fuerte.
Fue exactamente la sensación de una mano tocando el hombro de alguien para llamar su atención.
La reacción inmediata
Giré la cabeza de inmediato.
La habitación estaba vacía.
No había nadie detrás de mí.
La puerta seguía cerrada.
La ventana también.
Durante unos segundos pensé que quizá había sido un reflejo muscular o algún movimiento involuntario.
Volví a mirar el teléfono.
El segundo toque
No pasaron ni diez segundos.
El mismo toque volvió a sentirse.
En el mismo lugar.
Esta vez más claro.
Una presión leve.
Como si alguien apoyara dos dedos sobre el hombro.
La mirada hacia atrás
Esta vez giré más rápido.
Casi de golpe.
Pero nuevamente no había nadie.
La silla detrás de mí estaba vacía.
El pasillo estaba oscuro.
La casa seguía en silencio.
El detalle que llamó la atención
Lo que realmente me hizo sentir incómodo fue algo pequeño.
El tipo de toque.
No era una sensación al azar.
No era como si algo hubiera caído o rozado mi camisa.
Era exactamente la forma en que una persona toca el hombro de otra para decir algo.
Para llamar su atención.
La comprobación
Me levanté de la silla.
Revisé la habitación.
Miré detrás de la puerta.
Encendí la luz del pasillo.
No había nada fuera de lugar.
Ni siquiera una corriente de aire que pudiera explicar la sensación.
La explicación más sencilla
Después de unos minutos pensé que tal vez había sido simplemente tensión muscular.
El cuerpo a veces produce sensaciones extrañas cuando uno está sentado durante mucho tiempo.
Regresé al escritorio.
Me senté de nuevo.
Y traté de continuar con lo que estaba haciendo.
El último detalle
No volvió a ocurrir nada más esa noche.
Pero antes de apagar la luz del escritorio, miré algo que no había notado antes.
La silla detrás de mí.
Estaba ligeramente movida.
No mucho.
Solo unos centímetros.
Lo suficiente como para que pareciera que alguien se había apoyado en ella.
Hay experiencias muy pequeñas que el cerebro intenta explicar durante mucho tiempo.
Sentir algo que parece una mano cuando sabemos que nadie está cerca es una de esas sensaciones que la mente intenta interpretar rápidamente.
La mayoría de las veces el cuerpo encuentra una explicación lógica.
Un movimiento involuntario.
Un músculo que se contrae.
La ropa rozando la piel.
Sin embargo, incluso cuando encontramos una explicación posible, hay algo que permanece en la memoria.
La claridad del instante.
La forma exacta del toque.
La sensación de que alguien estaba tratando de llamar nuestra atención.
Y tal vez por eso, incluso tiempo después, hay momentos en los que uno recuerda aquella noche y vuelve a pensar en lo mismo.
En lo extraño que resulta sentir una mano sobre el hombro…
cuando estamos completamente solos.
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